Este cuento pertenece al libro El país de las pesadillas (Santiago de Chile, 2024).
— En todos los años que han pasado, ésta es la primera vez que cuento esta historia —me dijo, los ojos vidriosos clavados en el fondo casi vacío del vaso de whisky —. No es que quiera pasar por misterioso, hacerme ver como un hombre interesante que en realidad no soy, pero siempre que ha surgido la pregunta (y créeme, a lo largo de los años, han sido incontables las veces que me han interrogado sobre las razones que me llevaron a dejar mi país, mi vida, todo, y venirme a vivir a este lugar sin mirar atrás), siempre que ha surgido la pregunta he logrado sortearla con evasivas, con chistes fáciles (en eso somos expertos, ¿verdad?), o en todo caso con respuestas vagas con mucho menos contenido que palabras.
Se quedó mirando a través de mí por unos segundos, justo el tiempo necesario para que comenzara a arrepentirme de haber preguntado. Sus ojos, inyectados de sangre, delataban un grado alcohólico significativo, un cansancio acumulado y ciertas ganas de dejar salir aquel cuento de una vez y por todas.
— Tampoco es una gran historia, te lo digo de antemano para que no te hagas expectativas. La verdad es que ni siquiera sé por dónde empezarla.
Empezó a hablar, entonces, como quien intenta desenredar la maraña de las luces de Navidad, sin talento ni lógica, halando un poco por cualquier parte y esperando que la suerte haga el resto:
— La primera imagen que me viene a la mente es la de Tatiana, sus manos moviéndose frenéticas de un tramo al otro de la estantería: el rostro enfebrecido, ansioso, agitándose en el precario borde entre la histeria y la euforia, disparando palabras que yo no entendía, bajando latas de los estantes y llenando con ellas un morral enorme que usaba a veces para ir a la universidad. Pero aquellos días no había universidad, no había nada, apenas las mejillas enrojecidas de Tatiana y un momento de pánico. Recuerdo sentirme un poco embotado, como si hubiera consumido alguna sustancia, pero no tenía encima ni siquiera una cerveza ese día.
Y por supuesto que ése no es el mejor lugar para empezar a contarte esto, pero ése es el primer recuerdo que me viene a la mente, los ojos de ciervo asustado de Tatiana mientras yo le iba pasando todo lo que encontraba en el sótano de la casa de sus padres.
Durante el año anterior se había hecho costumbre reunirnos en el sótano de la casa de Tatiana después de clases y conversar incoherencias, construir castillos de aire con palabras, mientras bebíamos cerveza y comíamos lo que encontrábamos a mano, como mangostas desatadas en el desierto. La casa de los padres de Tatiana, además de ser enorme, tenía este búnker, construido para una guerra imaginaria que nunca llegó, y desde ese entonces poco visitado, siempre lleno de comida, de enlatados, equipado con radio y televisor. Era la única casa con sótano que yo había visto en mi vida, y no creo que existieran muchas más en el país. Los padres de Tatiana, aparte de ser ricos más allá de lo que mi mente era capaz de comprender, eran el ejemplo más perfecto de una familia extremista de oposición, adoradora de lo americano, antigobierno hasta los límites de lo irracional. Habían preparado el sótano tras el inicio del paro nacional que duró varios meses (de eso hacía ya diez años en aquella época), antes del golpe de estado que diera inicio al gobierno de más corta vida de la historia del país. Al día siguiente, cuando hicieron regresar al presidente, los padres de Tatiana estuvieron encerrados en aquel sótano por dos días, y ella (tendría siete u ocho años, quizás) encerrada con ellos. Temían que el gobierno se vengaría de todos tras el golpe fallido, pero no pasó nada interesante, al menos no a ellos. Sin embargo, aquella experiencia les había convencido —como si necesitaran que alguien los convenciera— de la utilidad futura de su búnker en momentos de crisis política.
No sabían que nosotros lo usábamos ahora —casi nunca estaban en la casa, y aun cuando estaban, era tan grande que era difícil notarnos a menos que hiciéramos demasiado ruido. La única que pudo habernos delatado era Dayana, que se reía muy fuerte y hablaba a los gritos, y siempre estaba un poco drogada. Fernando y Raúl eran más calmados, con ese aire de estar en control de sí mismos que tanto les envidiaba, en silencio. Tenía la sensación —siempre la tuve— de que si Tatiana fuera a decidirse por uno de nosotros —un elegido para ascender al Olimpo, para probar las mieles de la gloria— ellos me habrían sacado ventaja por más de dos cuerpos. Sin embargo, las circunstancias se dieron de tal modo que ese momento nunca llegó.
Aquella mañana no había clases, la universidad llevaba dos semanas cerrada a causa de los disturbios. Fernando y Raúl tampoco estaban: se los había llevado detenidos la guardia nacional dos días atrás, y todavía no habían podido sacarlos. No sabíamos nada de Dayana. Tatiana y yo habíamos actuado como unos cobardes, eso era lo que yo pensaba: nos fuimos corriendo en medio de las bombas lacrimógenas y logramos escapar de que nos detuvieran, pero luego tampoco regresamos al campamento, ni nos acercamos al cuartel donde tenían a Fernando y a Raúl para ver si podíamos ayudar en algo. Nada: simplemente nos desaparecimos, cada uno se fue a su casa y nos hicimos los locos. Ese día Tatiana me había mandado un mensaje de texto para que fuera a su casa y yo, estúpido como es estúpido el cerebro lleno de hormonas de un muchacho de dieciocho años, me había vestido y había salido a la calle sin pensarlo dos veces. A fin de cuentas estaba harto de estar encerrado en la habitación, con los audífonos enterrados hasta el tímpano para no escuchar la voz del Comandante desde el televisor de la sala, con sus acusaciones a la derecha apátrida de intentar desestabilizar la paz de la nación. Con mi vieja no se podía hablar de esas cosas: para ella nada de lo que no saliera en la pantalla de la televisión del Estado estaba sucediendo. Para ella, las protestas eran un plan de la oposición para derrocar al gobierno por sus propios intereses económicos, y los líderes de la oposición eran controlados por el imperio. Estar en la casa, con la banda sonora de la propaganda oficial retumbando en las frágiles paredes día y noche, era prácticamente una tortura.
Pero yo me echaba de espaldas en la cama y examinaba las manchas de humedad en el techo, preguntándome si los muchachos a quienes se había llevado la policía ese día estarían siendo torturados de verdad. Mientras mi mamá y Yolanda escuchaban la versión oficial, yo actualizaba sin cesar la pantalla de mi celular, esperando y temiendo, al mismo tiempo, enterarme de algo. Había rumores de torturas y desapariciones, palabras que yo sólo conocía de los libros de historia. Después de tantas promesas de cambio, las mismas historias de terror que me contaba mi mamá sobre sus hermanos, a los que la policía buscaba por ser comunistas. Desde la cama, entre las sábanas pegajosas de sudor, escuchaba la voz resonante del presidente. Para mi mamá, para mi hermana, era la figura paterna que había faltado todos aquellos años. No sólo para ellas, para mucha otra gente también. En mi caso, si lo veía como un padre, no era sino el reflejo del hombre irresponsable y ausente que había sido mi padre biológico, un tipo con carisma y lengua de plata para embaucar a la gente y hacerle creer cualquiera de sus mentiras. Mi papá había embaucado a mi mamá para que se casara con él y nos tuviera a nosotros, para que sostuviera la casa con su trabajo solitario durante toda nuestra infancia, esperando el momento en que él lograra ponerse en pie y encaminar su vida. Ningún trabajo le duraba un mes y ningún bolívar duraba un día en sus bolsillos, pero nunca nada era su culpa: eran los jefes, la situación económica, el alcohol: mi mamá siempre encontraba maneras de excusarlo, de perdonarlo. No importaba que se robara las cosas de la casa y las vendiera para comprar alcohol; no importaba que luego ese alcohol se lo bebiera todo en una sola tanda y agarrara una borrachera que lo borraba por tres días, mi mamá siempre tendría una excusa lista para él. De todos sus eufemismos para designar las cosas de las que no quería darse cuenta, mi favorito (el que más odiaba, se entiende) era el que usaba para no nombrar el alcoholismo de mi padre: “la enfermedad”. Si venían a buscarlo los empleadores, los acreedores, las otras mujeres a quienes les había dejado deudas y barrigas, mi mamá les explicaba que no estaba disponible, que estaba “con la enfermedad”.
De igual modo, tal como yo lo veía, este presidente estaba lleno de excusas: si la inflación subía, la delincuencia empeoraba y la comida escaseaba, era consecuencia de “la guerra económica” y “la oposición apátrida”. Mi papá tampoco era capaz de controlar su vida, de hacerse cargo de las cosas que le pasaban, de tomar responsabilidad por nada, y para mí, que sólo veía en esto una repetición de mi infancia, era otra historia de amor fallida en la que mi mamá, mi hermana y el país se embarcaban, cegados por sus ganas de creer en algo.
Después de tres días encerrado en el cuarto evitando chocar contra la otra versión de la realidad, aquel simple mensaje de Tatiana fue como ver las puertas del cielo abrirse ante mis ojos.
En mi barrio todo se veía normal, ahí no estaba pasando nada. Subirse al metro y salir quince estaciones más allá era toda una experiencia. Salías de la boca del metro a una escena del apocalipsis: gente encapuchada, llamas elevándose dos metros sobre el suelo desde unos cauchos amontonados en mitad de la calle, humo por todas partes, pancartas raídas colgando de los árboles. Ni pensar en conseguir un autobús; por ahí no pasaba nadie en su sano juicio. Me tocaría caminar quince cuadras hasta la casa de Tatiana.
Es increíble lo que uno es capaz de hacer por una mujer en ciertas etapas de la vida. Me tardé como media hora, pero llegué y le pasé un mensaje de texto. Siempre esperaba a unos metros de la puerta del garaje para evitar que me vieran sus padres. Aquel día tampoco estaban en la casa, pero Tatiana me abrió la puerta y me arrastró por un brazo directamente al sótano. Se entraba por la cocina, y la señora que hacía la limpieza de la casa andaba dando vueltas por ahí. Normalmente a Tatiana no le importaba, pero aquel día en particular no parecía querer que nadie nos viera.
— Me voy —me dijo, los ojos muy abiertos, la respiración como colgando de un trapecio—. Tienes que venir conmigo, vámonos —y así, sin explicaciones ni sustantivos, agarró el morral que llevaba a la universidad y empezó a llenarlo con latas de los estantes.
Yo me quedé ahí, parado como un estúpido, por un par de minutos, mientras intentaba entender lo que estaba ocurriendo, rescatar alguna noción sólida entre las frases sueltas que decía Tatiana. Cuando terminamos de llenar el morral hasta que las costuras estuvieron a punto de estallar, Tatiana se detuvo un segundo en la puerta, como si estuviera pensando en algo, y mirándome fijamente me dijo:
— No podemos llevarnos mi carro. Mis papás lo rastrearían con el sistema satelital antes de que pudiéramos llegar a la frontera. Tenemos que ir a buscar el tuyo… —yo asentí, sin todavía tener la menor idea de lo que estaba diciendo—. No podemos llevar demasiadas cosas, porque la Guardia va a pensar que estamos haciendo contrabando. Esto hay que esconderlo, las cosas reguladas… y también hay que ir a buscar tu pasaporte.
Fue apenas en ese instante cuando me di cuenta de la magnitud de lo que planeábamos hacer. A pesar de eso —a pesar del pánico que me recorrió los huesos en ese momento con su frío estremecedor—, me subí de nuevo al metro con Tatiana para ir a buscar el carro y recoger mi pasaporte, esa libreta en blanco que había tramitado meses atrás con la misma esperanza mística de quien compra un boleto de lotería. Aquella mañana yo sentía que la ruleta había hecho salir finalmente mi número, aunque no comprendiera lo que eso significaba.
Ni mamá ni Yesenia estaban en la casa; la primera seguramente habŕia ido a planchar a algún otro lugar, y la segunda, esperaba yo, estaría en clases. Por catorce cuadras me debatí en la disyuntiva de dejar entrar a Tatiana a la casa o dejarla fuera, en la calle, mientras yo entraba a buscar mis cosas. Hoy me avergüenza contar cómo en aquel momento me avergonzaba mi pobreza, cómo me habría avergonzado de mi madre y de mi hermana si se hubieran encontrado ahí. En aquel momento ganó la milésima de sentido común que aún me quedaba, y la hice pasar. Si su apariencia, casualmente desaliñada, desentonaba por costosa en la sala de mi casa, sería muchísimo más lo que llamaría la atención de pie en mitad de la calle atestada de basura y delincuencia.
Su presencia, de pie junto a la puerta, mirando alrededor con lo que en ella pasaba por discreción —los ojos, muy abiertos, en perenne expresión de asombro— hacía saltar a la vista las cortinas raídas, las irregularidades y las grietas del piso de cemento, la pintura deslavada de las paredes, los muebles viejos. Mamá mantenía la casa impecable, eso lo sabía yo, pero en aquel momento la veía a través de los ojos de Tatiana y era como si la pobreza fuera una última capa de suciedad que sólo podía removerse con dinero.
Metí en un morral mi pasaporte y un par de mudas de ropa. Revisé las gavetas de mi cuarto buscando dinero, pero apenas encontré un par de billetes que se convertirían en papel de Monopolio al cruzar la frontera. Recogí las llaves del auto, salimos de la casa y nos subimos con la misma prisa que si huyéramos de algo, aunque nadie nos estaba persiguiendo.
Mi carro era un Chevrolet más viejo que ella y que yo, que era lo único que había dejado mi padre cuando desapareció. Mi mamá no manejaba —no sé si por no saber o por no querer— y por esa razón yo había aprendido a los quince años y llevaba ya tres sacándolo sin licencia, hasta que había logrado tramitarla el año anterior. Como si quisiera evitarme mayores ansiedades que las que sentía, el motor arrancó con una suavidad inusitada, desconocida en sus hábitos anteriores. Yo simplemente me movía en autopiloto, sin darme tiempo de razonar o de pensar dos veces las decisiones que estaba tomando.
En el asiento del pasajero, Tatiana marcaba con sus dedos un patrón acelerado en la ventana, como siguiendo el ritmo de un hip-hop imaginado o recordado. Su rostro enfrentaba la ventanilla, pero su mirada iba perdida, sin enfocar ningún objeto. A veces hacía eso, abstraerse por completo de su entorno, sin importar dónde estuviera o quién estuviera a su alrededor. Yo no tenía nada interesante que decir, más que dudas y cuestionamientos sobre la solidez de nuestro plan improvisado, que sabía de antemano que no serían bien recibidas por ella, así que decidí dejarla divagar por el tiempo que considerara necesario.
No emitió un solo sonido por las siguientes tres horas, y estaba comenzando a preocuparme cuando el sol empezó a caer. No me creía capaz de conducir por catorce horas sin parar, que era mi cálculo aproximado de lo que nos tomaría llegar a la frontera en el abrelatas con ruedas que me había dejado mi papá y que nunca podía manejarse por el canal rápido de la autopista. Sin embargo, haciendo alarde de un sentido común que desconocía en ella, cuando finalmente abrió la boca fue para decir que en algunas horas deberíamos detenernos, buscar dónde comer algo y dormir un poco, porque las carreteras eran peligrosas de noche y de cualquier modo yo necesitaría dormir, porque ella no sabía manejar. Alrededor de las nueve encontramos un hostal barato, cenamos cualquier cosa y nos fuimos a dormir con la misma ropa que llevábamos puesta. Todavía no nos habían detenido en ninguna alcabala a lo largo de la vía, y lo tomamos como una buena señal, sedientos como estábamos de cualquier indicador de la buena estrella de nuestro precario emprendimiento.
Al día siguiente retomamos la marcha. A medida que la ciudad se alejaba más y más a nuestras espaldas, la autopista que abandonamos iba convirtiéndose en una carretera plagada de curvas, agujeros e irregularidades, carente de alumbrado eléctrico, invadida por la maleza a tramos desiguales. Manejé por tantas horas que todos los tramos, todas las curvas, todas las estaciones de servicio terminaron fundiéndose en un solo evento borroso y confuso: una sola eternidad, un solo camino que no parecía terminar jamás. En dos ocasiones nos detuvieron soldados en medio de la nada: nos pidieron nuestros documentos, nos revisaron el auto, nos pidieron dinero de la manera más frontal, incluso ingenua, en la que me he encontrado una exigencia de soborno a lo largo de mi vida. Les di parte de lo poco que llevaba encima; en realidad parecían necesitarlo.
En la frontera, el paso migratorio era apenas una caseta que podía perderse en la oscuridad. Dos guardias nacionales con fusiles cruzados al pecho nos revisaron el auto, pero no le prestaron demasiada atención al morral de Tatiana: no teníamos suficiente apariencia de contrabandistas, quizás parecíamos una pareja de novios adolescentes fugándose de casa para no contarle a sus padres sobre un embarazo repentino. De mala gana sellaron los pasaportes y nos hicieron un gesto con la mano que parecía significar que podíamos avanzar.
Nos adentramos en el pueblo hasta que nos pareció que la civilización nos daba la bienvenida. Detuve el carro en el borde de la vía y respiré profundo, en lo que parecía mi primera oportunidad de exhalar en muchas horas. Finalmente sentía que estábamos del otro lado, que estábamos fuera del alcance de la sombra que venía persiguiéndonos desde que dejamos Caracas, desde mucho antes. Le dije a Tatiana que esperara unos minutos mientras iba a preguntar por algún hostal cercano donde pudiéramos darnos una ducha, cambiarnos de ropa y planificar qué haríamos a continuación. Me respondió con una sonrisa fatigada mientras me bajaba del auto y me encaminaba hacia cualquier local, aventurándome a la bondad de los extraños.
Minutos después, al regresar al auto con mi respuesta esperanzada entre las manos, Tatiana ya no estaba. En su asiento había un sobre blanco con algunos dólares y una nota lacónica que tan sólo decía “No soy buena con las despedidas”. Miré en todas las direcciones, aferrándome a la esperanza de ver su espalda al marcharse, su cabello ondeando a cada paso, su morral desgastado de la universidad colgando de su hombro, pero ya era tarde. Durante los siguientes días, mientras me instalaba de cualquier manera, sobreviviendo con los pocos dólares y las latas de comida que había dejado en el asiento trasero, y mientras buscaba trabajo, cualquier trabajo que me permitiera pagar el hostal y comer al menos un par de veces al día, pregunté a cualquiera que quisiera responderme por una muchacha pequeña, muy blanca, de cabello rojizo y rizado y una energía frenética, con un marcado acento caraqueño, pero nadie supo darme razón de su paradero. Encontré trabajo lavando platos en un restaurante; el trabajo más horrible y agotador que he tenido en toda mi vida; todo lo que vino después me pareció pan comido. Eventualmente me di por vencido; no volví a verla nunca más. Incluso ahora, cuando el recuerdo regresa y quiero culparla por haberse marchado sin más explicaciones, pienso que al menos me dejó una nota y un sobre con algunos dólares, que es mucho más de lo que yo hice antes de marcharme. Y aún hoy, cuando intento encontrar una respuesta a la pregunta de por qué me fui para siempre del país, de un día para el otro, lo único que encuentro en mis recuerdos es el rostro enfebrecido de Tatiana, sus manos agitándose de un lado a otro, el miedo en sus ojos, el miedo en mi pecho, el miedo impregnándolo todo.
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